Como funciona nuestro cerebro

Como funciona nuestro cerebro

Últimamente, me resulta muy útil explicar a muchos de mis pacientes como funciona el cerebro para entiendan un poco mejor que es lo que les pasa con sus emociones. Esto es lo que les cuento:

Siempre hemos oído hablar de que poseemos dos hemisferios cerebrales: el derecho, que es intuitivo, visual, emocional, espacial y táctil…y el izquierdo que es verbal, racional, secuencial… El hemisferio derecho es el que se desarrolla primero en el útero, y transmite la comunicación no verbal entre las madres y sus hijos. El hemisferio izquierdo se conecta cuando los niños empiezan a comprender el lenguaje y aprenden a hablar. Esto les permite nombrar las cosas, compararlas, comprender sus interrelaciones y empezar a comunicar sus experiencias únicas y subjetivas a los demás. En circunstancias normales, ambos lados del cerebro funcionan conjuntamente de manera más o menos fluida, incluso en las personas en las que un lado predomina más que el otro.

Otra forma de ver el cerebro y sus funciones es respecto a su evolución. El cerebro ha ido evolucionando y esta evolución es claramente visible en el mismo (ver imagen). El cerebro se construye desde abajo. Se desarrolla nivel a nivel en cada niño en el útero, como durante la evolución. La parte más primitiva, la parte que ya está conectada cuando nacemos, es el llamado cerebro reptiliano. Se encuentra en el tronco cerebral, justo encima del lugar en el que la médula espinal entra en el cráneo. El cerebro reptiliano es el responsable de todo lo que pueden hacer los recién nacidos: comer, dormir, despertar, llorar, respirar; notar la temperatura, el hambre, la humedad y el dolor; y liberar el cuerpo de toxinas orinando y defecando. El tronco cerebral y el hipotálamo (que se encuentra directamente encima) controlan conjuntamente los niveles de energía del cuerpo. Coordinan el funcionamiento del corazón y de los pulmones y también los sistemas endocrino e inmunológico, garantizando que estos sistemas básicos para la vida se mantengan en un equilibrio estable.

cerebro triuno

Justo encima del cerebro reptiliano se encuentra el sistema límbico. También se conoce como cerebro de los mamíferos, porque todos los animales que viven en grupo y que cuidan a sus crías tienen uno. El desarrollo de esta parte del cerebro realmente empieza cuando el bebé nace. Es el centro de las emociones, el monitor del peligro, el que dice lo que es agradable o desagradable, el que juzga lo que es importante o no para la supervivencia. El sistema límbico se conforma en función de la experiencia, junto con la propia composición genética del niño y su temperamento innato (como todos los padres con varios hijos saben, desde su nacimiento, los niños reaccionan con una intensidad y de una forma diferente ante acontecimiento similares). Todo lo que le sucede a un bebé forma parte del mapa emocional y perceptual del mundo que crea su cerebro en desarrollo.

Conjuntamente, el cerebro reptiliano y el sistema límbico componen lo que llamamos «cerebro emocional». Este cerebro está en el centro del sistema nervioso central, y su principal tarea es buscar nuestro bienestar. Si detecta el peligro o una oportunidad especial nos avisa liberando un chorro de hormonas. Las sensaciones viscerales resultantes interferirán con todo aquello en lo que la mente esté centrada y harán que nos movamos (física y mentalmente) en otra dirección. Aunque sean muy sutiles, estas sensaciones ejercen una gran influencia en las pequeñas y grandes decisiones que tomamos a lo largo de nuestra vida: lo que elegimos comer, dónde nos gusta dormir y con quién, la música que preferimos, si nos gusta la pintura o patinar, de quién nos hacemos amigos y a quién detestamos.

Y sobre el cerebro límbico estaría el neocortex, esta parte solo la poseen los humanos y algunos primates. Nos permite usar el lenguaje y el pensamiento abstracto. Nos capacita para absorber y asimilar grandes cantidades de información y asignarles significado. Nos permite planificar y reflexionar, imaginar y representar escenarios futuros. Y nos ayuda a predecir qué sucederá si realizamos una acción  o no.

Estos tres cerebros se pueden comunicar entre si y cuando trabajan en sintonía las cosas parecen ir bien.

La información sensorial sobre el mundo exterior nos llega a través de los ojos, la nariz, los oídos y la piel. Estas sensaciones convergen en el tálamo, una zona dentro del sistema límbico que actúa como el «cocinero» del cerebro. El tálamo mezcla toda la información de nuestras percepciones para preparar una sopa autobiográfica muy homogénea, una experiencia integrada y coherente de «esto es lo que me está sucediendo». Luego las sensaciones van en dos direcciones: hacia la amígdala (dos pequeñas estructuras en forma de almendra que están a un nivel más profundo en el sistema límbico, en el cerebro inconsciente) y hacia los lóbulos frontales, llegando a nuestro conocimiento consciente. La vía que va a la amígdala es más corta que la que va a los lóbulos frontales (llega a estos unos milisegundos mas tarde).

El cerebro emocional evalúa la información entrante de una manera más global. Como resultado, saca conclusiones a partir de parecidos aproximados, a diferencia del cerebro racional, que está organizado para ordenar conjuntos de opciones complejas (el ejemplo más típico sería saltar de miedo al ver una serpiente, para darnos cuenta después de que es simplemente una tira de una bolsa tirada en el monte). El cerebro emocional inicia planes de huida preprogramados, como las respuestas de lucha o huida. Estas reacciones musculares y fisiológicas son automáticas, se ponen en movimiento sin que lo pensemos o lo planifiquemos, haciendo que nuestras capacidades conscientes y racionales las alcancen después, a menudo mucho después de que la amenaza haya pasado. El que la vía mas corta pase por la amígdala primero tiene mucho sentido. La amígdala, es como un detector de humos. La amígdala procesa la información que le llega y decide si esta pone en compromiso la supervivencia de la persona. Lo hace de manera rápida y automática, con la ayuda del retorno del hipocampo, una estructura cercana que relaciona la nueva información con las experiencias del pasado. Cuando la amígdala percibe una amenaza (por ejemplo, un choque potencial con un vehículo) manda un mensaje instantáneo al hipotálamo y al tronco cerebral, recurriendo al sistema de hormonas del estrés y al sistema nervioso autónomo (SNA) para dirigir una respuesta a nivel de todo el cuerpo. Para cuando nos damos cuenta de lo que está sucediendo, nuestro cuerpo puede que ya esté en movimiento. Las señales de peligro de la amígdala desencadenan la liberación de potentes hormonas del estrés, como  el cortisol y  la adrenalina, que hacen aumentar el ritmo cardiaco, la presión sanguínea y el ritmo de la respiración, preparándonos para luchar o para escapar. Una vez que el peligro ha pasado, el cuerpo vuelve a su estado normal bastante rápidamente.

Si la amígdala es el detector de humo del cerebro, los lóbulos frontales (y concretamente la corteza prefrontal medial) situados directamente encima de nuestros ojos, podrían ser la torre de vigilancia, que ofrece una visión de la escena desde las alturas. El humo que estamos oliendo: ¿es la señal de que se nos está quemando la casa y tenemos que salir corriendo, o procede del filete que estamos cocinando? La amígdala no hace estas valoraciones; solo nos prepara para luchar o escapar, incluso antes de que los lóbulos frontales puedan ponderarlo con su evaluación. Siempre y cuando no estemos muy alterados, los lóbulos frontales pueden restaurar el equilibrio y ayudarnos a darnos cuenta de que estamos respondiendo a una falsa alarma y abortar la respuesta de estrés.

Generalmente, las capacidades ejecutivas de la corteza prefrontal nos permiten observar qué está sucediendo, predecir qué sucederá si realizamos una acción determinada y tomar una decisión consciente. Ser capaces de analizar tranquila y objetivamente nuestras ideas, sentimientos y emociones, es decir, tomar conciencia de ellos y luego tomarnos el tiempo necesario para responder permite al cerebro ejecutivo inhibir, organizar y modular las reacciones automáticas preprogramadas en el cerebro emocional (regulación emocional). Esta capacidad es crucial para preservar nuestras relaciones con el resto de los seres humanos. Mientras nuestros lóbulos frontales funcionen correctamente, es improbable que perdamos los nervios cada vez que tengamos un contratiempo (la torre de vigilancia también nos dice que la ira de los demás y las amenazas dependen de su estado emocional). Cuando este sistema falla, nos convertimos en animales condicionados: en el momento en que detectamos peligro, automáticamente nos ponemos en modo de lucha o huida.

El manejo efectivo del estrés depende del equilibrio entre el detector de humo y la torre de vigilancia (o lo que es lo mismo, de la comunicación efectiva entre neocortex y cerebro emocional). Si queremos gestionar mejor nuestras emociones podemos aprender a hacerlo por dos vías: regulándolas de arriba abajo o de abajo arriba.

La regulación de arriba abajo implicaría reforzar la capacidad de la torre de vigilancia (corteza prefrontal) para supervisar nuestras sensaciones corporales. La meditación consciente (Mindfulness) y el yoga nos pueden ayudar a hacerlo. Y la regulación de abajo arriba significaría recalibrar el sistema nervioso autónomo a través de la respiración, del movimiento o del tacto.

Eva Gonzalez